
…… de fiesta. Sigo en bañador con camiseta y nos planteamos recorrer algunos puntos que nos parecen interesantes. Somos conscientes de que casi todo estará cerrado pero con Amaia no se puede parar. Hacemos un recorrido al lado del río y conseguimos encontrar, después de mucha búsqueda, el monasterio de madera más antiguo y entrañable de los que he visto hasta ahora. El más anciano de los monjes se muestra especialmente amable y nos lo enseña junto con sus más preciados tesoros. Después, encontramos una entrañable pareja de ancianos de la que nos sorprende su elevado nivel de inglés. Seguimos entre ataques con agua, sobre todo de los niños que son los que parecen disfrutar más, y encontramos el cerrado mercado de jade pero con algunos tenderetes abiertos, nos hemos perdido su vibrante actividad pero algo hemos visto. Al lado, algunos artesanos puliendo ese material y hasta curtidores de piel. Para terminar el paseo por el suroeste los talladores de budas, espectaculares con el mármol.

Disfrutamos un juguito de caña reparador contemplando el espectáculo callejero, un grupo de peques arrojando agua en la acera de enfrente con dos niñas (calculo de 5 y 8 años), especialmente graciosas, subidas en un improvisado escenario siguiendo el ritmo de todo tipo de canciones, a nuestro lado, el dependiente que nos había servido el jugo, un jovencito cabroncete con una especial habilidad para arrojar agua de forma totalmente inesperada y certera nos sorprende y hace reír con cada disparo. Habíamos planeado ir al noreste atravesando la ciudad en taxi-moto y lo acordamos con un par de ellos, para aprovechar el viaje le pedimos que paren en una de las tiendas donde te enseñan cómo machacan el oro hasta conseguir finas láminas que venden para pegar en los budas de las pagodas. La parada se convierte en destino, cosas de taxistas. Caminamos entre la vorágine de agua hasta que a Amaia se le ocurre empezar a preguntar a algunas de las furgonetas abiertas que recorren la ciudad, cargadas de críos y agua, empapando a todo el que se encuentre alrededor. En una se complacen con que subamos con ellos y comienza un recorrido de unas tres horas tirando con cacitos el agua que llevan en un enorme cubo refrigerada por una barra de hielo.

Tiramos tanto como recibimos entre risas y gritos, el conductor se detiene o reduce la marcha cuando nos aproximamos a un punto donde hay mangueras o mucha gente contra nosotros …… toda una batalla. Les habíamos pedido que nos llevasen a la colina de Mandalay en el noroeste pero en su lugar nos enseñan preciosas vistas de todo los alrededores. Al final les pedimos que nos dejen cerca del hostal para poder ducharnos y preparar la marcha de tren nocturno. Esta gente es un encanto. Atravesamos calles inundadas donde los ciclomotores se paran porque el agua llega a la altura del motor. Realmente divertido.
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