……… hoy miércoles, primer día de su celebrado y pasado por agua fin de año, nos programamos una escapadita para ver una ciudad que los británicos tenían para huir los calores de la época seca, está al este de Mandalay, Pyin oo Lwin. El transporte es muy local, en furgonetas abiertas en las que la gente va en la caja trasera o en el techo de chapa que cubre éstas. Yo elijo arriba y acierto porque tan alto rara vez llegan con los cubos de agua que arrojan en todo el recorrido, no así a los que van abajo que, desde los primeros minutos del viaje de dos horas, van empapados y sonrientes. Yo les provoco para que me mojen pero en pocas ocasiones lo consiguen. A la entrada de la ciudad hay que descender del techo y ahí empieza realmente la batalla de agua, nos encontramos a merced de mangueras y cubos de agua.

No nos bajamos hasta llegar a la terminal de buses lo que hace que tengamos que buscar transporte hasta el centro. Huyendo de los terribles taxistas nos encontramos a un paisano que se ofrece a llevarnos a los tres con él en la cabina de su destartalado cacharro, todo un poema. Paseamos viendo sus casas que conservan alguna reminiscencia de arquitectura colonial junto con el toque peculiar de estos chicos, el mercado e incluso uno de sus hospitales. En la comida nos deleitamos con la habilidad de estos chicos para arrojar agua a todo el que pasa, nosotros ya llevamos bastante tiempo chorreando, como es natural el guiri es un objetivo prioritario. La vuelta, también en el techo sobre unos bidones de aceite de cacahuete, es memorable con parada oficial y otras muchas para subir y bajar gente, en un paisaje de montaña por una bacheada carretera encapotada de árboles cuyas ramas han sobrevivido gracias a su altura a las embestidas de los camiones más grandes. Mandalay es un desparrame de agua.
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