
…… en este místico lugar los compartimos con dos chicos argentinos, hermanos, que llevan viajando casi un año y al mayor Mariano le queda otro. Es la tónica de este viaje, toda la gente que conocemos está de viaje por Asía y Oceanía por más de un año. La cena la hacemos en un grupo amplio. A las 3.30 nos recoge un autocar japonés de los años 60 que va hasta los topes y tarda 11 horitas de nada en llegar por carreterucha de montaña a Kalaw, sin comentarios. En destino, por este orden, alojamiento, info de los trekkings e itinerarios y cenita. El hostal muy bien, no así la gente que informa, me dan malas vibraciones y comprobamos un par de agencias más. Los primeros eran los más caros y como el último, Sam, también cuenta con buenas referencias nos decantamos por él. Lo comentamos con una pareja, Karnit británica y Ben australiano, que también se decantan por Sam y rebajamos el precio.

El miércoles lo dedicamos al mercadillo local, hoy es un día especial porque bajan de las aldeas a mercadear en la ciudad, a recorrer sus alrededores y comprobar, una vez más, la bondad de esta gente, mucho más importante para mí que todos sus templos juntos. En el del Buda de bambú nos reciben con el consabido té verde y unos deliciosos dulces, unas tres mil fotos con ellos, acabando con los cachorrillos que muestran orgullosos los pequeños. La siguiente visita es a unas cuevas donde han quitado todas las estalactitas para colocar imágenes de budas, está bien porque nos ayuda a desistir visitar Pindaya que está lejitos y cuyo atractivo es visitar una cueva enorme donde han hecho el mismo sacrilegio, nos perderemos la manufactura de sombrillas y sombreros de bambú pero no se puede tener todo. A cambio, el jueves hacemos un trekking (paseíto) por la zona norte para visitar un par de aldeas, subir y bajar en paisajes rurales, junto a una pareja de tejanos y Karnit y Ben.
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