…… era una de las paradas del viaje pero la convertimos en visita de un día desde Yogya. Sin ninguna prisa llegamos (65 kms – 1 hora de tren).
Primera parada un colegio de primaria donde somos recibidos con los bracitos y la sonrisa abierta de decenas de peques que nos acompañan durante y después y se apuntan a todas las fotos. Segundo un mercado local con un enrevesado laberinto de dos plantas de estrechos pasillos donde se acumula todo tipo de artículos textiles. Tercero paseíto por lo que parecían las calles más concurridas.
El break para la comida poco disfrutado, a Isa no le gusta el loteh (una salsa de soja con cacahuete picado y concentrado de pescado que le da un sabor y olor muy fuerte) que baña las verduras, arroz y pasta pero por lo menos los jugos están ricos. Doy cuenta de los dos platos como un campeón pero ella se queda sin comer.
Estamos tan sintonizados que coincidimos en preferir estas experiencias en vez de visitar los edificios históricos y museos, en bañarnos en la vida real como disfrutar con la actuación de diez talluditos músicos en una sala vacía, dependencia de un mugriento mercado a la que nos conduce la música, como a los ratones de Hamelín y la amables indicaciones de los vendedores del piso inferior.
Gracias a la habilidad de mi compañera llegamos a Tobu, la estación de Yogya, yo me hubiera bajado antes. Buscamos infructuosamente un restaurante que nos gustase y tuvimos que volver al Behot para nuestra última noche en la ciudad, la única de las cuatro. Fecha especial.
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